lunedì 29 marzo 2010

THE daughter of poet laureate Ted Hughes has challenged the view that he destroyed her mother, Sylvia Plath, by his infidelity.




From: The Sunday Times March 29, 2010

Plath's girl to the defence of Hughes Richard Woods

THE daughter of poet laureate Ted Hughes has challenged the view that he destroyed her mother, Sylvia Plath, by his infidelity.
Frieda Hughes dismisses "myths" about her father's behaviour towards Plath, claiming his mother-in-law poisoned the poets' marriage.

The claim has sparked a literary row, with others who knew Hughes and Plath well disputing Frieda's view. Writing in The Sunday Times yesterday, to celebrate the decision to commemorate Hughes in Poets' Corner at London's Westminster Abbey, Frieda recounted how Plath's mother visited the couple and their two young children when they were living in Devon, southern England, in 1962. Plath's mother, Aurelia, tried to persuade Plath to take the children and flee back to the US, Frieda said.

"My maternal grandmother visited us . . . and, while my father was absent, tried to persuade my mother to go back to the States with her, taking my brother and me," Frieda wrote.

"The idea was that my father would arrive home to find the house empty, but it would be too late for him to get us back."

Although Plath took no such action, Frieda said her grandmother's "poison had struck home and my father was told to move out".

To highlight Aurelia as a malign influence in the marriage runs counter to the widely held view of Hughes's role in the tragic death of Plath. Feminists have long revered Plath as a martyr who was betrayed when Hughes began an affair with Assia Wevill.

Distraught and depressed, Plath wrote some of her most powerful poetry -- and then gassed herself in February 1963.

Further tragedy lay in wait for Hughes. In 1969, Wevill gassed herself and her daughter after being betrayed by him.

In defending her father, Frieda went against the recollections of others. Elizabeth Sigmund, a close friend of the couple in Devon, said: "I am extremely glad Ted is being honoured . . . he deserves it. But the marriage broke up because Ted was having an affair. You can't just skid round that."

Sigmund recalled how Plath was deeply hurt when Wevill rang hoping to speak to Hughes. When Plath answered, she tried to put on a man's voice.

"Sylvia came to me that very night she received the call from Assia, who pretended to be a man," Sigmund said. "She came bringing the baby (Nicholas, Frieda's brother) and saying, `He (Hughes) lied to me, he lied to me, he's become a little man'."

Although Sigmund accepted that Aurelia could be domineering, she rejected the suggestion that the poet's mother wanted to break up Plath's marriage. "More than anything, she wanted there to be a happy marriage."

Ronald Hayman, who wrote The Death and Life of Sylvia Plath, took a similar view. "When Aurelia arrived in Devon, she found Sylvia in a terrible state," he said. "If anything, she seems to have calmed Sylvia as much as possible."

sabato 27 marzo 2010

El colombiano Héctor Abad Faciolince confirma en un libro la paternidad de cinco poemas de Borges

DA EL PAIS
ENTREVISTA: EN PORTADA / Entrevista
Ficción de la realidad
WINSTON MANRIQUE SABOGAL 27/03/2010


El colombiano Héctor Abad Faciolince confirma en un libro la paternidad de cinco poemas de Borges. Y desde la literatura planta cara a la impunidad del asesinato de su padre que ese día llevaba en el bolsillo uno de esos poemas.

Esa tarde de Lisboa estaba escrita. Y no hubo manera de reescribirla. Terminó pasadas las cinco de la tarde con el mismo cielo pálido y el mismo tema que había empezado, aunque con una ligera variación en la despedida de Héctor Abad Faciolince, autorretratado y resumido en las 17 palabras de su adiós: "Soy un exiliado español. La próxima vez nos veremos en la frontera o allí donde murió Machado, en Collioure".


Aquí. Hoy
"Vivimos en una lucha desigual contra la mentira"

La amistad y los libros
La noticia en otros webs
webs en español
en otros idiomas
"El escritor tiene que tener una personalidad disociada. Los escritores podemos definirnos como detectores de mentiras"

"Cada vez me interesa más la realidad y menos la ficción, pero cada vez me parece que todo es ficción"
Lo dice saliendo de una inmensa nube de humo de castañas asadas que envuelve la esquina de las rúas de Garrett con António Maria Cardoso. El periodista y escritor colombiano está vestido de negro y gris, potenciando su aspecto de profesor de física con gafas y pelo blanco acaracolado, aunque en este instante parece un científico loco con el cabello revuelto. Desde que publicó hace cuatro años El olvido que seremos (Seix Barral), su nombre asciende lento en una espiral. Una novela-crónica en la cual reconstruye la impunidad sobre el asesinato de su padre a manos de los paramilitares en 1987, que deriva en una de las más hermosas manifestaciones de amor de un hijo por su papá; al tiempo que desanda los caminos que recorrió su familia hasta ese momento, que los llevó a toparse con el cadáver del doctor Héctor Abad Gómez 99 días antes de que cumpliera 66 años, en la calle de Argentina, de Medellín, donde el hijo encontró en un bolsillo un poema premonitorio y desconocido de Jorge Luis Borges.

Ahora, el nombre de Héctor Abad Faciolince (Medellín, 1958) estará más en boca de todos por sus dos nuevos libros: Traiciones de la memoria (Alfaguara) y El amanecer de un marido (Seix Barral). El primero reúne tres relatos, del cual destaca el primero, donde la realidad parece predestinada a la ficción al rastrear policiaca y literariamente el origen y la autoría del poema que llevaba su padre el día de su asesinato y que termina revelando la noticia de que cinco poemas de Borges considerados apócrifos son auténticos. "Una prueba de que si se investiga se puede llegar a la verdad". Mientras que en El amanecer de un marido sus cuentos se asoman en los vericuetos del desamor y el desencuentro. El penúltimo en elogiar al autor colombiano ha sido Mario Vargas Llosa en su artículo del 7 de febrero pasado publicado en EL PAÍS y reproducido en medios de medio mundo.

La de Héctor Abad es una vida personal, periodística y literaria de apurados trazos dramáticos y borgeanos donde la realidad parece ficción y la ficción suplanta a la realidad. Un territorio fronterizo cuyas claves revelará más tarde: "Cada vez me interesa más la realidad y menos la ficción, pero cada vez me parece más que todo, todo, es ficción". Una idea de la que no escapa la identidad, "es una ficción, no es una realidad, es una cosa que uno se inventa y se pone, como un sombrero". Lo dice un hombre que considera que "el escritor tiene que tener una personalidad disociada, ser capaz de salirse de sí mismo". Y así transcurrirá una tarde sobre búsquedas de la verdad, de falsificaciones, de azares, de determinismos, de ex futuros, de bifurcaciones y con, como si estuviera escrito, un fotógrafo de apellido Socías, que lo retratará.

Tres horas antes de aquella despedida entre la nube de humo olorosa a castañas asadas, Abad Faciolince empieza a recapitular su vida en el suave y coqueto, e incluso embaucador, acento paisa, propio de su montañoso departamento de Antioquia. La cita es en Lisboa aprovechando que él participa en unas jornadas literarias, pero, sobre todo, porque cumple su palabra de no volver a España. Una promesa que hizo en 2001 cuando firmó una carta muy sonada de escritores y artistas colombianos en protesta por la exigencia de visado a sus compatriotas para entrar en este país. De ahí su despedida de: "Soy un exiliado español".

Dos semanas antes de aquel martes 2 de marzo pasado, él ya había dicho que quería tener la entrevista en alguno de los cafés que frecuentaba Fernando Pessoa. Pero ahora, de repente, está sentado al lado de un ventanal del restaurante Tapas Bar & Esplanada donde ve cómo se descuelga Lisboa hasta la mansa y ancha desembocadura del río Tajo en el Atlántico. El fotógrafo le propone alterar los planes y cruzar en ferry el río e ir hasta la otra orilla para tomarle fotos con la ciudad al fondo. El escritor duda un pestañeo, pero accede cordial. Al final caerá un aguacero y la entrevista continuará en A Brasileira, uno de los cafés preferidos del poeta portugués.

Una vez dentro, el rumor de la lluvia es reemplazado por el del rugido de la máquina de café y el barullo de la gente. Es una especie de zaguán muy ancho y largo con la barra a la derecha y las mesas a la izquierda junto a una pared cubierta de espejos. Al fondo, en el rincón, hay una mesa disponible. Héctor Abad se sienta y todo el bar queda delante de él y a su espalda, también, gracias a los espejos. En la línea entre la realidad y su reflejo.

Pide un oporto. Saca del bolsillo de la chaqueta un cuaderno de cubiertas negras y hojas amarillas y un bolígrafo. La grabadora se enciende. La mira, y confiesa entre risas y casi disculpándose: "No soy capaz de pensar hablando. Por eso tengo este cuaderno para contestarte por escrito. Porque con otras entrevistas cuando las leía me veía muy mal, me parecía que yo no había dicho lo que me ponían a decir, aunque no podía demostrarlo. Entonces opté por nunca más leerlas para no enfadarme".

Tras este prólogo improvisado sobre su experimento, piensa un segundo una pregunta sobre si acaso lo que acaba de decir no es más que su alto grado de autoconciencia sobre lo que quiere proyectar. Levanta la mirada que parece irse hasta la entrada del café, agacha la cabeza y empieza a escribir muy juicioso en su cuaderno con su bolígrafo azul.

El silencio del rincón lo rellena el rumor de las siete mesas del café y la larga barra, esparcido por el tintineo de las cucharillas que remueven los vasos. Unos minutos después empieza a leer como en el colegio: "Cuando yo hablo me distraigo mucho. Me distrae la cara de la otra persona, la mirada. Hay demasiadas variables que tengo que controlar: mi voz, lo que pasa a mi alrededor, mientras que cuando escribo por encanto el mundo desaparece y lo único que hay es tres dedos apretando un bolígrafo que escribe sobre un papel, o una pantalla del computador. Porque en los cuadernos tomo nota, pero siempre he pensado, y las personas que me conocen lo saben, que tengo una personalidad por escrito y una personalidad hablada; y hablado tiendo a ser muy condescendiente, a darle la razón a la otra persona".

Al terminar la frase bromea sorprendido al descubrir que es la primera vez que ve a dos personas hablando a la vez que escriben. Luego aclara que la costumbre de dar la razón al otro está enraizada en su educación. "Fuimos educados en el Manual de urbanidad y buenas costumbres de Carreño. Y ahí dice que contradecir es parte de mala educación. Aunque eso hace que uno se vuelva un interlocutor idiota porque siempre le da la razón al otro". Entonces improvisa: "¿Que por qué no lo remedio? Me viene lo más ancestral, que es ser una persona cordial. Nosotros los latinoamericanos estamos llenos de cortesía, siempre envolvemos el pensamiento en buenas maneras".

Afuera la gente sigue guareciéndose de la lluvia en los marcos de las dos puertas del A Brasileira. Ante las teorías antropológicas y sociológicas de que buena parte de esa cortesía hispanoamericana se debe a los rezagos del servilismo de la Conquista, la Colonia y la Independencia, Héctor Abad está de acuerdo. Aprovecha para recordar que él creció en el voseo, en el "vos" como tratamiento entre iguales. Una característica de su tierra y de otras regiones como el Río de la Plata, Chile o Costa Rica. "No sabemos dónde está el límite entre la cortesía y el servilismo. Pero yo no soy servil. No me gusta ni mandar ni obedecer, pero sí tenemos muy inculcadas normas de cortesía demasiado rígidas que son probablemente las que hacen que para mí sea difícil comunicarme verbalmente. Y eso tiene que ver también con un problema audiopersonal, y es que viví rodeado de mujeres que hablaban mucho mejor. Ellas siempre hablan mejor que los hombres. Más rápido, con más gracia, son más ocurrentes".

Parece escucharse, entonces, el barullo de diez mujeres de todas las edades que van y vienen por esa casa de la infancia de Antioquia donde un niño se siente arrullado y apabullado por sus voces. Pero gracias a eso el niño habrá de refugiarse en la lectura y la escritura. Por eso le encanta cuando su padre lo lleva a la universidad. El doctor se va a dar clases y el niño, que aún no va a la escuela, se queda en su despacho, sentado en una silla enorme frente a una máquina de escribir enorme, colocando hojas en blanco en el rodillo que aprende a girar rápido, ¡Rrrrrrrrm! Luego empieza a jugar con las teclas, sacando con sus pequeños dedos índices sonidos como en un piano de letras. Tac, tic, toc, tac, tac, toc... Una hoja llena de letras. ¡Rrrrrrrrm! La saca y pone otra. Cuando el padre vuelve de clase el niño se las enseña y recibe una gran felicitación.

De allí procederá este experimento de contestar esta entrevista con su puño y letra y luego leer la respuesta. "Cuando escribo pienso mejor, no oigo mi voz, no vigilo mi voz, es la voz de otro, una voz no interior sino exterior que me dicta aunque no sea el Espíritu Santo, pero sí creo que mi mano se comunica mucho mejor con mi cerebro que mi lengua. La escritura también tiene su ritmo y se parece más a mi pensamiento. Sabes, siempre he fingido que sé hablar", y su burla bordea la carcajada. Hasta que confiesa: "Yo pienso muy despacio". Así es que se llega al acuerdo de que algunas preguntas tendrán una respuesta más amplia o matizada a través del correo electrónico para poder avanzar en la conversación.

Vuelve a escribir. En silencio y sin tachaduras. Con la mano derecha, mientras la izquierda la pone extendida cuidadosamente sobre el pupitre, sobre la mesa.

Acaba. Inclina un poco el cuaderno y lee: "El escritor tiene que tener una personalidad disociada, algo esquizofrénica. Tiene que ser capaz de salirse de sí mismo, de ponerse en el lugar de la otra persona. Siempre, cuando un periodista me pregunta algo, yo soy el periodista, no estoy pensando en su pregunta sino en lo que hay detrás de esa pregunta. Los escritores podemos definirnos así: somos detectores de mentiras, detectores biológicos de mentiras. Cuando tú me preguntas esto, yo pienso ¿qué es lo que me está preguntando realmente? Entonces me desconcentro y no sé qué contestar y digo: usted tiene razón, es una manera de ganar tiempo".

Tiempo. En mayúscula. Ésa es una de las presencias latentes en sus libros. Sobre todo en las tres crónicas o relatos de Traiciones de la memoria. Recuerdo, olvido, memoria, vida, vidas disociadas, sueños, futuro, pasado, reinvención; todo bajo el amparo del Tiempo. Como si apareciera el río de Heráclito citado a su vez por Borges. El último de los textos es una pieza sobre los ex futuros. "Es una idea muy bonita de don Miguel de Unamuno. Los ex futuros son esos yoes que se quedaron en la vera del camino de la vida, lo que nunca llegaron a ser, lo que pudieron haber llegado a ser. Todo el mundo tiene despojos de yoes que se van quedando ante una encrucijada...".

Rrriiinnnggg... rrriiinnnggg...

Ante la sorpresa del móvil, él coge la grabadora con la mano derecha para acercársela a la cara mientras dice: "Tranquilo, yo le voy contestando a la máquina. Cuando uno llega a una encrucijada, a una disyuntiva y toma por un lado de la ye (Y), pues en Colombia decimos una ye, sea la parte izquierda o derecha eso hace que la vida se aleje del tronco; tome por un camino muy distinto. Todos tenemos de alguna manera una cierta nostalgia por el camino que no tomamos, una cierta curiosidad por saber qué hubiéramos llegado a ser si nos hubiéramos ido por otro lado. Eso es de lo que trata el tercer relato de ese libro. Indago en eso que Unamuno dejó esbozado. Como te das cuenta, a mí me gusta más hablar solo o con una máquina o con un papel que con alguien", y sus palabras terminan entre risas que eclipsan el rugido de la máquina de A Brasileira.

Un tema perfecto en un café de Pessoa, porque él creó yoes absolutos con sus heterónimos, a los que hizo incluso horóscopos y dotó de una personalidad definida. "Una vez leí esto: 'Los cuatro poetas portugueses del siglo XX son Fernando Pessoa'. Es verdad, y se llaman Ricardo Reis, Álvaro de Campos, Alberto Caeiro y Fernando Pessoa".

Es el paso a la procesión de ex futuros de Héctor Abad Faciolince. "Pienso en ellos permanentemente. La vida de cada uno está colgada de un hilito. La mayoría de mis ex futuros son muertos. Yo vivo en un mundo de pesadilla donde mis hijos se viven muriendo. Y yo sé que el hecho de que un hijo mío sufra una catástrofe transformaría mi cerebro en una mente loca y desesperada y destrozada".

Echa un vistazo atrás en su vida y ve que varios de sus ex futuros quedaron en la Italia de comienzos de los noventa. Lo esboza ahora, pero dos semanas después lo precisará por Internet fundiendo este tiempo presente con el futuro: "Hubo un momento en que yo quise dejar de ser colombiano y volverme italiano. Dejé incluso de hablar en español. La nacionalidad también es una ficción, un disfraz: algo que uno se pone, como la ropa. Tal vez la única nacionalidad auténtica es la lengua, como pensaba Canetti: uno es lo que habla. Y yo hablo una variedad del castellano que es el antioqueño: una especie de español antiguo que se habla en las montañas centrales y aisladas de Colombia. Pero no soy un nacionalista; en realidad no soy nada, o no sé qué soy. Uno tiene que inventarse cada año lo que quiere ser. La identidad -esa palabra tan antipática- también es una ficción, no es una realidad, es una cosa que uno se inventa y se pone, como un sombrero".

Pide otro oporto en medio de tintineos y el ruido de la máquina registradora por alguien que ha pedido la cuenta. Le llama la atención que la entrevista haya derivado en el tema del relato de los ex futuros, "el que a menos personas le ha interesado". Pero cuya idea del tiempo y el espacio, y concepciones de realidad y ficción, se entrecruzan en las tres piezas de Traiciones de la memoria. Incluso la última frase del tercer relato conecta y complementa al segundo al desmontar de un plumazo la realidad contada hasta ese instante difuminando lo real con lo ficticio y lo imaginado. Mientras el primero es una gran crónica periodística y literaria que se convierte en sí misma en un cuento policiaco donde el hijo quiere saber por qué su padre llevaba el día de su asesinato un poema de Borges que empieza diciendo: "Ya somos el olvido que seremos", y que todos creían apócrifo, pero que tras un largo periplo geográfico y filológico encuentra su paternidad y lo confirma como auténtico junto a otros cuatro en una historia sembrada de pistas, azares y persistencia y que al final parece más un farol del determinismo. El libro alterna muchas imágenes de las pruebas y pistas que Abad Faciolince va encontrando y que invitan a diversificar la lectura, sobre todo porque en Colombia hubo un gran debate sobre la autoría del poema de Borges, puesto como epitafio en la tumba del doctor Héctor Abad Gómez.

La pesquisa sirve para que el hijo plante cara a la justicia colombiana ante la impunidad del asesinato, al encontrar una verdad literaria.

El fotógrafo se acerca a la mesa. Es señal de que fuera ha escampado. El escritor se levanta de la silla y a medida que avanza hacia la puerta su imagen se aleja en el espejo a su espalda. Sale con Jordi Socías a la calle y hace todo lo que él le dice para las fotos. Pasan delante de la estatua de Pessoa, suben por la rúa de Garrett y cruzan la António Maria Cardoso, en cuya esquina acaba de instalarse un puesto de castañas delante de un edificio donde el fotógrafo quiere hacerle unas pruebas. A los pocos minutos vuelven a bajar por la rúa de Garrett y el pelo acaracolado del escritor está más alborotado que nunca al haberle cabestreado a Socías sus peticiones, cuyas imágenes al final han ilustrado esta entrevista.

Su aspecto de científico loco es el de un buen momento. Ya era hora. Tras una adolescencia donde el dolor y la muerte se hizo presente con una hermana y empezó sin terminar varias carreras como medicina, filosofía y periodismo. Luego, en la universidad, un artículo contra el Papa hizo que lo expulsaran, y que al final terminara, precisamente, en Italia, donde se graduó en Literaturas Modernas. Al regresar a Colombia en 1987, en agosto los paramilitares asesinaron a su padre, y el día de Navidad estaba volando de nuevo a Italia por amenazas. Después llegarían su esposa e hijos, y un periodo de incertidumbre y penurias (narrado en parte en el segundo relato). A comienzos de los noventa empezó a escribir una columna dominical el diario bogotano El Espectador, y publicó algunos libros hasta que en 2000 ganó en España, con Basura, el I Premio Casa América de Narrativa Innovadora. Un año después firmaría aquella carta de protesta por la exigencia de visado a los colombianos con la promesa de no volver hasta que eso cambie. En 2006, casi 20 años después del asesinato de su padre, se sintió con fuerzas para escribir sobre aquello, lo que le ha valido el reconocimiento de público y crítica. Ahora es miembro del consejo editorial de El Espectador, con una columna de opinión muy leída.

De vuelta en A Brasileira, la conversación va hacia su vida entre la realidad real del periodismo y la ficción literaria. Es la penúltima pregunta. Se entusiasma e improvisa, pero luego la matizará en un correo electrónico: "Yo creo que vivo siempre en la realidad; y al mismo tiempo, como lo que percibe y filtra la realidad es mi cerebro, creo que vivo siempre en la ficción. Nunca sé muy bien si algo que viví lo viví realmente o si mi cerebro se está inventando un recuerdo. Cuando uno se da cuenta de las deformaciones que hace permanentemente la memoria, cuando uno ve los sesgos con que la ideología nos hace percibir la realidad, a veces me da la impresión de que todos vivimos en un mundo ficticio. La ideología es como una lente de color rosa o de color negro y todo depende del cristal con que se mire. Dos periodistas asisten a una misma batalla y parece que nos hablaran de dos batallas distintas cuando la cuentan: un periodista cubano y un periodista español nos hablan de una huelga de hambre en La Habana, y parece que hablaran de dos cosas distintas. Yo como escritor trato de ponerme dentro de la cabeza del hombre que hace la huelga de hambre, y aparece otra historia más, diferente. ¿Cuál de las tres es la historia real? Y si la historia es contada por el mismo protagonista, y él se ve a sí mismo como un mártir o un héroe, también hace de su misma huelga una leyenda. Cada vez me interesa más la realidad y menos la ficción, pero cada vez me parece más que todo, todo, es ficción".

...

La máquina registradora suena ahora por la mesa del rincón. Un par de minutos después, el barullo y el olor a café de A Brasileira quedan atrás y son reemplazados por el ruido de la calle y el olor a castañas asadas. Ya en la esquina de la humareda, antes del adiós, el escritor colombiano le pregunta al fotógrafo si su apellido es con ese o con ce: "Con ce", responde. "Ya, pero viene de sosias, es decir, de algo doble o que se parece mucho, está en el Anfitrión, de Plauto, cuando Mercurio se hace pasar por Sosias el criado del general Anfitrión". Son casi las cinco y media, y la tarde va a terminar como empezó, el mismo cielo pálido y el mismo tema de tres horas antes cuando Héctor Abad Faciolince se despida, saliendo del humo oloroso a recuerdos, contestando la última pregunta: ¿Cuándo vuelve a España? Y se autorretratará y resumirá en 17 palabras: "Soy un exiliado español. La próxima vez nos veremos en la frontera o allí donde murió Machado, en Collioure...", para perderse andando por la rúa de Garrett arriba en busca de una de sus pasiones, librerías de viejo.


Aquí. Hoy
Ya somos el olvido que seremos.

El polvo elemental que nos ignora

y que fue el rojo Adán y que es ahora

todos los hombres, y que no veremos.

Ya somos en la tumba las dos fechas

del principio y el término. La caja,

la obscena corrupción y la mortaja,

los ritos de la muerte, y las endechas.

No soy el insensato que se aferra

al mágico sonido de su nombre.

Jorge Luis Borges


"Vivimos en una lucha desigual contra la mentira"
Colombia, violencia, verdad, Uribe, impunidad, verdad, justicia, dolor, amor. Colombia. Son temas que salpican la entrevista con Héctor Abad Faciolince y cuya respuesta definitiva llega a través del ciberespacio.

PREGUNTA. La investigación del origen del poema es una forma de plantar cara a la justicia colombiana y su impunidad ante el asesinato de su padre. Si ellos no fueron capaces de investigar, usted, desde la creación, sí halló una verdad a pesar de los miles de obstáculos narrados en

Traiciones de la memoria.

RESPUESTA. Los seres humanos vivimos en una lucha desigual contra la mentira, la ignorancia, la irrealidad. Los científicos tratan de arrebatarle terreno a la oscuridad; los poetas tratan de entender; los detectives tratan de hallar indicios para saber quién mató o con quién puso cuernos la esposa o el marido. La justicia debería hallar y castigar a los asesinos. Los filólogos intentan saber quién fue el autor del Lazarillo de Tormes. Puede que en últimas no importe saber quién es el asesino o el cornudo, ni quién es el autor de una novela o de un poema, o si una vacuna contra el sida sirve o no... Yo participo de ese prejuicio humano muy difundido: las ganas de averiguar y de saber: quiero saber con quién me traicionó mi mujer; quiero saber quién dio la orden para matar a mi padre; quiero saber si el que escribió un soneto fue Borges o no. Si la justicia colombiana fue incapaz de encontrar y castigar a los asesinos, al menos yo creo haber hecho bien mi pesquisa filológica: yo sí sé quién escribió ese poema que parecía anónimo, o apócrifo, o inventado, o paródico. Creo haber demostrado su autenticidad. Puede que no sea importante, pero a los humanos, en general, esas cosas nos importan.

P. ¿Hacia dónde cree que va Colombia?

R. Hay algo fabuloso y al fin nuevo: no vamos hacia otro gobierno de Álvaro Uribe. Hace ocho años vivimos como hipnotizados por su mismo discurso, que es otra ficción: un espíritu de guerra y de cruzada, en un país asediado por los malos, por los bárbaros, por los guerrilleros. En realidad, las FARC están tan aisladas y desprestigiadas como ETA, pero Uribe nos metió en la ficción de que están a punto de conquistarnos, que son un dragón cuya cabeza tenemos que cortar. Los caudillos necesitan siempre, para poder gastarse una buena tajada del presupuesto en armas, inventar la ficción de un dragón que escupe fuego. Y los ciudadanos nos tragamos esa ficción como si fuera realidad. Si uno habla de cosas normales, como escuelas, agua potable, carreteras, nada parece serio ni real. Lo único serio y real es el dragón.

P. El amor y el desamor son temas que ha abordado en anteriores novelas, como

Fragmentos de amor furtivo, y ahora en El amanecer de un marido.

R. El tema ineludible de las novelas del siglo XIX y principios del siglo XX fue el adulterio. El adulterio era la amenaza más grave a una institución sólida y en ese momento ineludible, el matrimonio. Ese gran tema del mundo de ayer no puede ser abordado de la misma manera en el mundo de hoy porque el matrimonio es una institución mucho más precaria e inestable. En el transcurso de una vida, lo más frecuente ahora es que no tengamos una relación, o un solo matrimonio, sino varios. Lo nuevo es la complejidad de los sentimientos cuando, por las libertades contemporáneas, obedecemos con más facilidad al deseo de cambiar. Esto crea nuevas tensiones, nuevos dolores, amaneceres trágicos. Ésta es la temperatura temática de los distintos cuentos de El amanecer de un marido. Un hombre o una mujer descubren un día, al acostarse o al levantarse, que ya no desean o que ya no aman a la persona con la que durmieron o con la que van a dormir. Sentir eso no es fácil; y sentir que el otro siente eso es incluso menos fácil.

Traiciones de la memoria. Héctor Abad Faciolince. Alfaguara. Madrid, 2010. 272 páginas. 19,50 euros. El amanecer de un marido. Héctor Abad Faciolince. Seix Barral. Barcelona, 2010. 232 páginas. 18 euros

Ted Hughes riposera' accanto a Shakespeare ed Eliot a Westminster

DA Adnkronos) - Nel 2011 lo scrittore inglese Ted Hughes (1930-1998) avra' un posto d'onore permamente nel Poets' Corner dell'abbazia di Westminster a Londra. Come ex ''poeta laureato'' del Regno Unito, per volere della sovrana Elisabetta II, e come lirico che evocava nei suoi versi il mondo naturale, Hughes e' stato a lungo celebrato come uno dei grandi poeti del suo tempo. Una campagna di intellettuali ed artisti, conclusasi con successo, ha fatto di Hughes un ''letterato immortale'', tanto da meritarsi una targa alla memoria tra i grandi scrittori britannici commemorati a Westminster nell'''angolo dei poeti''.

Mexico's Fuentes criticizes ban of his novel in PR

Mexico's Fuentes criticizes ban of his novel in PR

DA AP

SAN JUAN, Puerto Rico — One of Latin America's most prominent contemporary writers accepted an honorary doctorate Friday on this island where the government recently banned his novel from public high schools.

Carlos Fuentes called dropping "Aura" from the curriculum an arbitrary decision that amounted to an "antidemocratic, anticultural" act.

He spoke to reporters briefly before addressing dozens of professors and students at the University of Puerto Rico.

The author of "The Death of Artemio Cruz" and "The Old Gringo" said that even at age 81, he is still working on several books — including one about Colombian guerrillas that he struggles with because current events constantly render it outdated.

Fuentes also urged journalists not to wait until they encounter a totalitarian government to defend freedom of the press.

"We take it for granted," he said.

His visit comes six months after Puerto Rico's education secretary announced a ban on five books — including "Aura" — because of "coarse" language.

Fuentes said that while he has a certain responsibility as a writer to speak out against injustices, it is not his main job.

"A writer's responsibility lies with language, to maintain the vitality of language," he said.

venerdì 26 marzo 2010

FLIGHTS OF ANGELS


DA THE INDEPENDENT


Flights of angels on the shelf: The literary revival of heavenly creatures

As Danielle Trussoni's thriller 'Angelology' lands to compete with Dan Brown, Peter Stanford looks at the literary revival of heavenly creatures – and the authors who claim to know them
Angelology is, as Joad Raymond points out at the start of Milton's Angels (Oxford, £30), a fairly ill-defined discipline, if indeed it counts as an academic discipline at all. Even the word is disputed. In the early modern period that Raymond chronicles in his study of the influence on Protestants of Milton's use of angels as narrators in Paradise Lost, they preferred angelomachy, angelographia or angelocracy. The earliest reference he can find in English to angelology comes in a 1663 philosophical book by Gideon Harvey who describes the three, apparently equally important disciplines of theology, psychology and angelology.


If the first two of that trinity have utterly eclipsed the third in the intervening centuries, then angelology seems to be making a come-back despite our secular, sceptical and scientific times. There have, of course, been other revivals. The Victorians were keen on angels to decorate their Christmas cards, the Pre-Raphaelites warmed to their beauty, and in the early 1990s a plague of cherubim infested calendars and candle-holders.

But this time round the manifestation is literary - or, to be more precise, in books. At the head, making as dramatic an entrance as the magnificent winged creatures it features in such abundance, is Danielle Trussoni's much-hyped and Will Smith-optioned blockbuster novel, Angelology (Michael Joseph, £12.99).

Trussoni – whose 2006 memoir Falling Through the Earth won plaudits in her native America – claims to have stumbled on angels by accident (or divine design?) after her marriage to Bulgarian writer Nikolai Grozni. He took her to the Devil's Throat Gorge in the Rhodope Mountains of his homeland, a place steeped in colourful legends of angel activity.

That, at least, is the romantic account she gives of how Angelology came about. A more pragmatic view might be to see it as the latest attempt to out-Dan Brown Dan Brown and produce a mass-market thriller based on a religious mystery. The Brown recipe is as simple as it is elusive. Pick an obscure but potentially sensational area on the margins of theological speculation, present it as wholly mainstream but obscured by the machinations of wicked clerics with something to hide, and then weave it into a complicated plot heavy on mystery and suspense.

Brown lighted on the Holy Grail legend; Trussoni hits on angels. The result is an entertaining page-turner that pivots on a stray, mind-boggling reference in chapter six of the Book of Genesis to the fallen angels, kicked out of heaven for anti-social behaviour and ambition. They descend to earth, mix with human women and create a race of giants, the Nephilim. Indeed, Angelology might just as easily be called Nepihilim, but that doesn't quite have the same ring.

Trussoni conjures up the descendants of the Old Testament Nephilim as a malign presence at the heart of modern society. The only reason we haven't heard of them is because their magnificent wings are handily able to retract into their bodies to avoid detection. It is only when cloistered with others of their kind in their gilded apartments plotting evil, self-serving deeds that they give them a flap.

In the other corner in this fight for the future of the planet is a militant band of angelologists. They bear a passing resemblance to the angelologists Gideon Harvey knew, spending part of their time in ivory towers studying the minutiae of their subject. But they also have a crusader side, taking the fight to their opponents and risking life and limb.

Trussoni's debt to Harry Potter is clear. Those who dismiss angels as nothing more than pretty pictures are the equivalent of the Muggles in JK Rowling's novels who think that magic stretches no further than Paul Daniels and Tommy Cooper. This overlap highlights the endearingly childlike quality of the novel. Yes, the violence and the suspense are, I suppose, meant for grown-ups, but the overall conceit is better suited to an imaginative 12-year-old keen on Doctor Who.

Trussoni may, however, be missing a trick, for a glance at the Mind, Body and Spirit section of any bookshop chain confirms that a different, decidedly 21st-century take on angelology is all the rage. Most will boast an "Angels" shelf overflowing with self-help therapy books. Their twist is to couch their mundane message of empowerment in terms of the traditional image of guardian angels, mystical creatures who descend from on high to watch over and encourage us in times of trial.

Doyenne of this comfort-blanket school of angelology is the American author Doreen Virtue, who describes herself as a clairvoyant and "fourth-generation metaphysician who works with the... ascended-master realms". I'm presuming the surname is made up, virtues being one of the ranks of celestial hierarchy in the time-honoured Christian calibration of angels, coming halfway between seraphim and principalities.

How To Hear Your Angels (Hay House, £6.99) and Daily Guidance from Your Angels (Hay House, £12.99) are the latest volumes to feature Virtue's trademark (and I mean legal trademark) philosophy – "angel therapy". This is "a non-demoninational spiritual healing method... to heal and harmonize every aspect of life". If others are prohibited from using the phrase, they do offer the same formula. Cassandra Eason, in Your Angel is Waiting to Help (Quantum, £8.99), stirs into the brew extra ingredients of witchcraft and magic, while self-styled "angel consultant" Jenny Smedley (Angel Whispers: Get Close to Your Angels; Hay House, £8.99) veers towards the spiritualist end of the spectrum with her expertise in "past lives". Her angels can reconnect you with previous incarnations and dead relatives.

These angel books all encapsulate a kind of religion-lite, well-suited to credit-crunched times when pollsters report that many, disillusioned by the promises of consumerism, are seeking a new, reassuring philosophy of life. Traditionally, organised religion would have been the obvious answer, but its denominations and creeds have been getting a bad press of late, and moreover require thorough-going commitment and membership of a structured organisation. They also include in their all-embracing worldview challenging beliefs about self-sacrifice, loving your neighbour and working for justice. Modern angelology, by contrast, is suited to the flaky, the busy and the dabblers. It is short on demands, all but silent on our obligations to others, and instead pedals an a la carte, feel-good philosophy cherry-picked from a variety of religious traditions and bolted on to the benign Christian picture of angels.

There is one notable exception. Lorna Byrne is a different sort of angelologist altogether. Her book Angels in My Hair (Arrow, £6.99) has been a huge word-of-mouth best-seller first in her native Ireland, then in Britain. It has now been published in 20 languages and conquered the mighty US market. It describes in simple, unadorned language how she has been able to see and communicate with angels for as long as she can remember.

I met Byrne, a 54-year-old mother-of-four from Co Kildare, when the book first came out. My instinct was to dismiss her as just another self-help author, cloaking herself in the latest fad of angels, but there is nothing cynical or self-seeking about her. When she described seeing a "spiral of light" behind each individual, their very own guardian angel, it sounded as if she was describing a long-forgotten Old Master painting or a scene from director Wim Wenders's 1987 flight of fancy, Wings of Desire, where gentle, trench-coated angels minister to war-scarred Berliners. "I live in a parallel world," she explained, "between spirit world and human world". In traditional Christian terms that would make her a mystic.

Indeed, down the ages, it has tended to be mystics who have developed the cult of angels. The institutional church always has done its best to discourage both. It distrusted mystics for many of the same reasons we now distrust the new breed of angelologists. We think they are either mad or manipulative.

But mystics always had a popular following, people convinced by their sincerity, in the flesh or in their writings, and willing to believe the apparently incredible things they described. That same quality seems to be at play now with Byrne. Those who read her or hear her are drawn to her, to her serenity and hence to her beguiling promise that, whether we know it or not, we each have an angel. Her follow-up, Stairways to Heaven, is published in September.

Each of these varieties of angelology requires some sort of suspension of logic and reason, which is fine for the 40 per cent of Britons who claim to believe in angels, but excludes the rest. There is, however, an angel book for them - David Albert Jones's Angels: A History (Oxford, £10.99). An academic in the school of theology, philosophy, and history (not angelology) at St Mary's University College, Twickenham, Jones offers a colourful and comprehensive historical overview of our fascination with angels. He asks not whether they exist but why people have wanted them to, and how that desire has manifested itself from the image of angels dancing on pin-heads and their supposedly distinctive aroma to exactly where those harps came from. Jones's prose may be a little dry, and he has taken out no trademarks on his ideas, but as a guide to the celestial realms, I would put my faith in him any day.

Peter Stanford's book 'The Extra Mile: a 21st- century pilgrimage' is published this month by Continuum

RIORY PERELMAN



DA THE INDEPENDENT

Shy maths genius leaves million dollar prize money on the table

Russian recluse holed up in apartment urged to give unclaimed reward to charity

By Archie Bland


On the outskirts of St Petersburg among the dreary high-rises of the Kupchino district, lives one of the world's greatest mathematical geniuses in a tiny apartment that neighbours say is infested with cockroaches. But Grigory Perelman, 43, is no longer very interested in maths.


He has turned down jobs at several Ivy League universities, declared himself retired and done everything he can to avoid the limelight – most remarkably in 2006 by refusing mathematics' highest honour, the Fields Medal, for his work in solving a problem that had baffled extraordinary minds for 99 years.

This week Dr Perelman, a virtual recluse, was awarded the Clay Mathematical Institute's $1m Millennium Prize for his work. But he has refused to say whether he will accept the honour. "He replied that he needed to think about it," says James Carlson, president of the Institute, in Cambridge, Massachusetts.

But the indecision that Dr Perelman may have hoped would make the world go away seems to have had the opposite effect – and he has come under fire from Russian charities who have urged him to take the money and give it to them. The Warm Home charity in St Petersburg has urged him to donate it to good causes across Russia, while the city's Communists have suggested they could use it to maintain Lenin's tomb in Red Square.

Journalists have this week been hammering on the door of his apartment. But as Dr Perelman resists the insistent overtures of the outside world, he may reflect that if he had hoped to avoid the public eye, he might have been better off taking the money.

Dr Perelman has always been an outsider. When he worked in the US, colleagues noted that his fingernails were several inches long, and that he lived on a diet of only bread, cheese, and milk. At the age of six, when most children are singing nursery rhymes, he was a lover of opera.

"He is someone who sees the world a little bit in black and white," says Marcus Du Sautoy, Oxford University's Professor for the Public Understanding of Science. "He doesn't really go for greys."

Dr Perelman solved the Poincaré conjecture – a problem to do with the structure of three-dimensional shapes – in 2002, and sent his work to a group of scholars who had not heard from him in years.

The solution was so brief, and yet so complex, that it took his peers years to verify that it worked.

The $1m prize would be swiftly accepted by most mathematicians. But Dr Perelman, who turned down prestigious jobs in the US in favour of a $100 a month position in St Petersburg, sees things differently.

"I have all I want," he is said to have shouted, from behind a closed door, to a Daily Mail reporter this week. Meanwhile, his elderly mother, also from behind the door, was blunt with the Komsomolskaya Pravda newspaper: "We don't want to talk to anyone," she said. "Don't ask us any questions about the award."

Few people claim to fully understand Dr Perelman's rationale, but most agree that it has something to do with his perception of the moral failings of his peers. In 2006, a Chinese mathematician, Shing-Tung Yau, who also worked on the Poincaré conjecture, said that many of Dr Perelman's ideas were only "sketched or outlined", in a statement that many viewed as a shocking act of egoism. And Dr Perelman had fallen out with colleagues long before that.

In a rare interview, Dr Perelman once told The New Yorker that the mathematical community's ethics dismayed him: "It is not people who break ethical standards who are regarded as aliens," he said. "It is people like me who are isolated ... there are many mathematicians who are more or less honest. But almost all of them are conformists."

Whatever the truth, those mathematicians long for the chance to welcome him back to the fold. "It's very, very curious," said Professor Du Sautoy. "We all want to celebrate what he's done."

Poincaré Conjecture: The riddle Perelman solved

*Henri Poincaré thought explaining the proof of his famous conjecture would take far too long. But even trying to explain the conjecture itself is not easy without recourse to visual props such as rubber bands, footballs and doughnuts. It's all to do with topology, the science of surfaces, or – as some would call it – "rubber sheet geometry".

One way of looking at Poincaré's conjecture is to imagine the surface of a football. Whether inflated or not, it stays the same, and in that sense it is said to be two-dimensional. Imagine stretching a rubber band around the circumference of the inflated football. It is possible to move the band towards one end of the ball without tearing the band or allowing it to leave the surface. In this sense, the surface of the football is said to be "simply connected".

Now imagine stretching a rubber band around a doughnut, a sphere with a hole in it. In this case it is not possible to move the band without tearing the doughnut. So the surface of the doughnut is said to be not simply connected. Poincaré proposed that all closed, simply connected, three-dimensional surfaces, those which lack holes and are of finite extent, were spheres. His conjecture was a way of stating this observation, but proving it mathematically had defied generations, until Perelman came along.

The conjecture has implications for cosmology, which is fascinated with the idea of the shape of the space-time continuum. The mathematics behind the conjecture could help scientists to determine the shape of the universe. Steve Connor.

giovedì 25 marzo 2010

HISTOIRE DE LA DEDICACE


DA LE FIGARO.FR

Dédicace

Par Etienne De Montety


Il faudrait écrire un traité de la dédicace. Disserter sur l'art de l'envoi que vont pratiquer les écrivains de tout poil au Salon du livre à partir d'aujourd'hui. De quand date cet usage ? Existe-t-il des dédicaces de Voltaire, Stendhal, Flaubert à de prestigieux contemporains ?

Il y a dédicace et dédicace. Dédicace de service de presse et dédicace de Salon du livre. La première est adressée à un critique ou à un juré. Elle a pour objet d'attirer l'attention et la bienveillance. Elle est toujours amicale, respectueuse. Elle peut être légèrement complice ou flagorneuse. Mais attention aux excès.

Certains écrivains doués du talent de dessinateur agrémentent leur livre de croquis. Anna Gavalda et Clémence de Biéville excellent au crayon de couleur. François Sureau à l'encre.

La dédicace de salon est plus délicate. Qu'écrire à un aimable chaland planté devant soi et dont on ne sait rien ? Faut-il faire l'important ? Le malin ? L'interroger pour obtenir quelques informations sur lui qu'on glissera habilement dans sa prose ? La banalité est souvent au rendez-vous et l'on se prend à assurer le premier venu de ses cordialités sans lendemain.

La séance de dédicace fait partie de l'emploi du temps de l'écrivain. Voire de son activité. Patrick Modiano, qui est quelque chose comme la Haute Autorité de la littérature contemporaine, a récemment raconté (à L'Express) qu'il avait commencé dans la vie en imitant l'écriture de Simone de Beauvoir et de Beckett pour donner du prix à des livres qu'il s'apprêtait à vendre.

On se rappelle aussi cet écrivain plein de culot à qui des amis bouquinistes apportaient des vieux romans signés de lui. Celui-ci se lançait alors a posteriori dans des dédicaces aussi prestigieuses que fantaisistes : à Jacques Chirac, à George Bush, à Slobodan Milosevic, à Tony Blair - c'était les années 1990. Il y eut certainement des crédules pour se laisser abuser. La littérature reste de bout en bout une entreprise de mystification.